Me desperté echado en un pasillo no muy largo de altas paredes de granito. Entreabrí los ojos y una tenue luz cenital apenas me permitió percibir los límites del lugar. Un sonoro zumbido en mi cabeza me impedía acceder a la memoria para poder entender dónde estaba y cómo había llegado allí. Poco a poco, concentrado en una respiración profunda, fui recobrando el equilibrio y mi mente la actividad.
No sabía cuánto tiempo podía haber transcurrido, quizás horas, quizás días. Unos recuerdos borrosos me situaban en un entorno de ansiedad, hastío y autocompasión.
Cuando me sentí con fuerzas suficientes me incorporé y, apoyando los brazos en los candentes muros, avancé despaciosamente. Observé que el corredor tenía accesos sin puertas, a derecha e izquierda, a otras galerías igual de largas y con el mismo tipo de conexiones. Estuve recorriéndolas durante horas, sin hallar ningún detalle de contraste que rompiera su absoluta monotonía, y con la inevitable sensación de haber pasado repetidas veces por los mismos sitios.
Al cabo, una luz pareció abrirse paso en mi cerebro y empecé a comprender. Aquel no era otro que el final del camino de perdición sobre el que tanto me habían advertido de joven.
(Relato presentado al concurso Esta Noche Te Cuento. Tema: en el laberinto).
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