jueves, 15 de enero de 2015

CABEZABUQUE

     Rocco Maturana, cabezabuque, llevaba en la cara las huellas de su carácter resentido y pendenciero. Tenía poco sentido del humor. Más bien ninguno. Por eso se tomó tan a mal la caricatura que le dediqué en la revista del Día de la Patrona. En ella le representaba con un ancla colgada de su nariz proa, ojo de buey, el timón en una protrusión de la nuca y una chimenea echando humo incrustada en el parietal izquierdo, sobre un desproporcionado cuerpo menudo luciendo un picardías rojo. Me la juró, ¡vaya si me la juró!

—Fuera nos veremos —bramó desde la puerta con voz rebozada en veneno sin destilar.

     Solo esperar la salida habría llenado de desasosiego a cualquiera, pero no a mí. Desde la distancia y a la vista de todo el grupo, le dediqué una sonrisa de desprecio inmisericorde que recibió, entendió y le alcanzó el lugar más recóndito de sus susceptibles meninges. Ahí fue cuando me gané, para siempre, la admiración y el respeto de todos. 

     Aunque más bien timorato e inseguro, siempre fui frío y calculador. Su principio de Alzheimer y los veinte años de condena que aún me quedaban, me dieron la confianza que necesitaba.


Charlie Hebdo  



(Relato presentado al Concurso Esta Noche Te Cuento. Obligado incluir un verso de Santa Teresa. Elegí "Solo esperar la salida").