miércoles, 4 de julio de 2018

FINAL ANUAL DE RELATOS EN CADENA 2018

Este blog nació hace 5 años con motivo de haber llegado a la final del Concurso de Relatos en Cadena, de la SER, y haber conocido lo que hacían otros microescritores mucho más experimentados que yo. Esta semana, un lustro después, he vuelto a otra final. Estar entre los 10 finalistas de casi 28.000 relatos presentados, de 46 países distintos, resulta difícil de digerir. Sin duda, el factor suerte juega aquí un papel determinante. Lo que ya no es atribuíble a la diosa fortuna es el buen ambiente que siempre rodea este micromundillo de la escritura. Y no lo digo por otros finalistas a los que ya conocía personal o virtualmente (Patricia, Francesc, Lorenzo, Nicolás y Asier), sino también por los hasta ahora desconocidos con los que enseguida floreció la empatía (Carmen, Victoria, Alba y Fernando), sin olvidar a esos otros magníficos escritores y mejores personas que no dejaron pasar la ocasión de compartir unas cervezas después del programa (Belén, Ángel, Saly y Ximens, Lola, Luisa, Olga y Paco, Manuel, Arantza). En el jurado Javier Sagarna, Benjamín Prado y mi compañera finalista de la primera vez, Arantza Portabales -¡cómo progresa la condená!-. Como secretario Germán Solís, en la dirección del programa Carles Francino.

Con todo ello se compuso lo que podríamos llamar la jornada perfecta. Difícil convertir en palabras las sensaciones vividas, fue un encadenamiento de emociones desde el encuentro a mediodía en la Escuela de Escritores, siguiendo por la coida en el Café Comercial, por la visita a la SER, el programa, por supuesto, las cervezas post evento, la sushi cena de supervivientes, hasta la despedida en la Gran Vía, cuando empezaba el día siguiente.

Para el recuerdo unas fotos y diez relatos, y en la memoria un día inolvidable, como aquel otro de Julio de 2013.


LOS RELATOS Y SUS AUTORES


JUNIO
Mundo subterráneo, de Asier Susaeta
Prefiero las ratas porque, aunque lentas, son de fiar. El resto prefiere tirarles huesos a los caimanes para que se los traigan, luego los acarician y claro, así a casi todos les faltan dedos. Por suerte sólo se necesitan dos para jugar a los bolos con una calavera de las redonditas, de las de abuela. Al quién es quién, sin embargo, pueden jugar hasta los mancos. Cronometramos un minuto de lloriqueos, cada uno hace su apuesta y después les preguntamos cómo se llaman a través de la alcantarilla. Los muy ilusos siempre nos hacen prometerles antes de responder que los dejaremos entrar.


MAYO
Venganza mortal, de Nicolás Jarque
Cuando éramos jóvenes practicábamos la inconsciencia, hacíamos gala de ello. Quien más quien menos, entre mis amigos, se solía emborrachar, caminar por la barandilla del puente de los colgados, nadar a contracorriente las noches de mar picada. La Muerte nos temía. Cuando la veíamos aparecer al final de una callejuela, en el rincón más oscuro de una taberna o en medio de un tumulto, con esa pose tan regia, nos mofábamos sin piedad. Ella bajaba la cabeza y se marchaba arrastrando su túnica. Ahora nos arrepentimos. Pasan los años lentamente y la Muerte se ha olvidado de nosotros.


ABRIL
Luchas a distancia, de Alba Baro
Pesaban muy poco pero aplastaban sueños. Seleccionábamos las piedrecillas más pequeñas, aquellas que apenas se percibían escondidas en nuestros bolsillos. Luego, encogidos entre los arbustos, apuntábamos, guiñando un ojo, mordiéndonos la lengua, para terminar celebrando en un silencio exultante cada barquito derruido. Al otro lado, los niñitos repeinados, con cuellos camiseros y pantalones de pana lloriqueaban demandando la presencia de sus nanys.
Décadas después se cobraban su venganza. Con sus ligeras plumas trazaban gráciles firmas que nos enviaban de una patada a las duras calles.


MARZO
Pagar las facturas, de Fernando Díaz. 
(RELATO GANADOR).
Salieron juntos cogidos de la mano después de limpiar el cuadrilátero, coserse las heridas y darse una ducha. Como cada noche, se llevaron el montante de la bolsa a casa. Abrazados en la cama, dijeron que sería la última vez; ya se las apañarían para pagar las facturas.


FEBRERO
Dilema, de Rafa Olivares
Se quedaban discutiendo dónde pondrían el sofá durante horas. Aunque en realidad las opciones no eran tantas: o bajo la palmera o en la orilla, con los pies a remojo mientras pescaban.


ENERO
Mimos, de Lorenzo Rubio
Pestañeó dos veces para decir que sí estaba bueno el filete, pero se había quedado con hambre. Su mujer le respondió con aplausos. Claramente, eso significaba te fastidias, haberlo acompañado con pan. Enojado, él se tocó las orejas para pedirle el divorcio, pero automáticamente ella reaccionó tirándose de los pelos. Era lo más bonito que nunca le había susurrado, así que la perdonó hurgándose la nariz. Fue cuando su esposa hizo la ola levantando y bajando los brazos, una señal inequívoca. Excitadísimos los dos, se fueron dando saltos de rana hacia el dormitorio. Ya recogerían la mesa mañana.


DICIEMBRE
Padre permisivo, de Victoria de la Fuente
(RELATO SEGUNDO CLASIFICADO).
Su padre también le dejaba conducir la furgoneta, arreglar la cerca, bajar los sábados al cine del pueblo, ir al bosque a coger leña y piñas para encender la chimenea y, esa Navidad, le permitió poner él solo las luces del árbol. Lo único que le tenía prohibido, desde que su madre los abandonó para irse con otro, era bucear en el lago que había al lado de la casa.


NOVIEMBRE
Mi bebé, de Carmen Alonso
Y se ríe, se ríe con cualquier cosa. Se ríe al despertarse, y antes de dormir, y cuando lo tomo en brazos y lo beso, y cuando salimos a pasear, y cuando lo baño. Solamente llora cuando le doy de comer, no le gusta la papilla que le hago con patata, zanahoria y un poco de pollo; lo pongo todo a hervir y cuando está hecho lo paso con la batidora.
Desde el día en que lo vi en el parque supe que yo sabría hacerle feliz. ¿Qué será lo que le falta al puré?, ¿Qué será lo que le ponía su madre?


OCTUBRE
El deseo, de Francesc Barberá
La ciudad del amor cambió totalmente a papá. Cuando volvieron del viaje, mamá estaba entusiasmada. Pero no tardó en arrepentirse de haber pedido aquel deseo. Papá hacía cosas muy raras: todas las noches le cantaba una serenata y le llenaba la habitación de rosas. Incluso llegó a contratar un avión para que dibujara sus nombres en el cielo. Han decidido volver a París. Papá quiere casarse frente a la Torre Eiffel. Mamá está deseando regresar a aquel puente, cerrar los ojos y pedir que todo vuelva a ser como antes.


SEPTIEMBRE
Itinerantes, de Patricia Collazo
(RELATO TERCER CLASIFICADO)
La casa ha comenzado a llenarse de hormigas, dice mi madre. Y nos mudamos de ciudad. Eso ocurre cada tres o cuatro meses. Mi hermana y yo hemos pasado por tantos colegios que ya no recordamos sus nombres.
Cuando nos instalamos, llama a mi tía y le dice que ya estamos a salvo. Pero nunca le quiere dar la nueva dirección. Te conviene no saberla, suele decirle. Como si las hormigas fueran capaces de sonsacársela para poder dar con nosotros de nuevo. Aunque tome tales precauciones, lo mismo da. Ellas terminan encontrándonos. Y toca recogerlo todo, cargar el coche y cambiar de amigos y de cole. Otra vez.




















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