Para Javito y para mí, el abuelo Nicolás era mago. Solo él era capaz
de, entre cucharada y cucharada de sopa, hacernos invisibles. Y lo hacía solo contemplándonos con sus ojos verdes bien abiertos. En ese momento, para no desvelar nuestra ubicación, debíamos evitar mover ningún objeto así como contener la risa, ante su cara y gestos de sorpresa y estupor. Cada poco, el efecto se iba diluyendo, pero una nueva cucharada y su mirada hipnótica reanudaban la invisibilidad de nuestros cuerpos. Era con quien más nos divertíamos, sin duda, y el único que lograba que nos comiéramos toda la sopa.
de, entre cucharada y cucharada de sopa, hacernos invisibles. Y lo hacía solo contemplándonos con sus ojos verdes bien abiertos. En ese momento, para no desvelar nuestra ubicación, debíamos evitar mover ningún objeto así como contener la risa, ante su cara y gestos de sorpresa y estupor. Cada poco, el efecto se iba diluyendo, pero una nueva cucharada y su mirada hipnótica reanudaban la invisibilidad de nuestros cuerpos. Era con quien más nos divertíamos, sin duda, y el único que lograba que nos comiéramos toda la sopa.
(Relato finalista en Diez Años ENTC, del blog Esta Noche Te Cuento).
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