Samira Nadim se inició en el lloro a edad muy temprana. Y no me refiero al llanto espontáneo, natural, ese que resulta del enfado que te provocan cuando, con dos o tres años, te quitan de pronto la pistola cargada y sin seguro con la que estabas jugando y que ya lograbas sostener con las dos manos. No, no es ese tipo de lloro del que hablo, me estoy refiriendo al fingido, al autogestionado, a ese para el que no hay un detonante sobrevenido, pero sí una excusa o una motivación interesada.
Quizá en Samira todo empezó con una fortuita y furtiva lágrima. A lo mejor provocada por un picor alérgico en los ojos que le produciría el polen de una gramínea, vaya usted a saber. Y tal vez ese lagrimeo fue interpretado por su madre o por el cartero, que compartía habitación y cama con el matrimonio, por una reacción de tristeza al haber terminado el Concierto de Año Nuevo sin la marcha Radetzky. Por calmarla, le pondrían ración doble de estofado advirtiéndola de que no se lo contara a su padre cuando volviera del crucero por los fiordos, al que habría asistido por un compromiso al que no supo decir que no. Sería así lo del lloriqueo, digo yo, al comprobar la rentabilidad de unas lágrimas sin pena, como empezaría bien joven a pensar en las ventajas del oficio de plañidera.
A Samira le resultaba fácil llorar con sentimiento. Mucho sentimiento. Tanto que quienes estaban cerca no podían evitar compartir su duelo, aunque no conocieran el motivo. Una vez resecos y desahogados continuaban con su alegre vida, si fuera el caso, preguntándose por qué les había asaltado de repente tanta pena. No todo el mundo sabe que el llanto puede ser como la risa, altamente contagioso.
Poco a poco, sin necesidad de profesores ni manuales de autoayuda, Samira fue perfeccionando su llanto. Incorporaba, de forma siempre controlada, hipidos, sollozos, suspiros y gemidos. Y para casos especiales incluso el crujir de dientes, que muchos solo conocían de oídas. Cuidaba siempre modulación, cadencia y armonía, y adecuaba flujos e intervalos a las circunstancias propias del finado. Ahí es donde mejor se podía apreciar su profesionalidad. No era lo mismo un funeral por un niño despanzurrado por la carretilla de cemento que acarreaba que el de un nonagenario tras penosa y larga enfermedad en la leprosería del Hotel Hilton que regentaban la Hermanas Clarisas. No era igual, y ahí era donde Samira marcaba como nadie las diferencias. También sabía graduar tonos agudos y bajos en función de la personalidad del difunto, lo que daba a cada funeral un carácter diferente. Quizás por eso, se decía que ofrecía un servicio personalizado y no había velatorio de postín que se preciara, ni en la ciudad ni en la comarca, en el que no fueran requeridos sus dolientes requiebros y sus sentidas muestras de aflicción.
No tardó en ser llamada también a las honras fúnebres de otras latitudes, incluso de la capital. Tanto fue elevándose su caché que llegó a fijar sus tarifas por mililitro de lágrimas derramadas, además del fijo, a diferencia del resto de plañideras del gremio que solo facturaban un tanto por actuación.
Cualquiera se preguntará si alguna vez lloraba de verdad. Es decir, sin forzar el llanto, el lagrimeo, la voz. En una ocasión se lo preguntaron, y esto fue lo que contestó: «Por supuesto que tengo mis duelos personales. Sin ir más lejos, hace dos años perdí a mi madre, y en agosto pasado a mi hermana la mayor, la que imitaba como nadie el lamento de los ornitorrincos, y claro que lloré compungida y destrozada. Por hacerle una comparación, lloré como en los funerales de primera, igual, pero sin cobrar. Y mire qué le digo, el sentimiento fue el mismo que cuando me contratan para el velatorio de una familia a la que no conozco de nada, y no lo digo por lo poco sino por lo mucho que lo siento en las dos ocasiones. Y es que, en cuanto me dicen cuatro cosas del difunto ya empiezo yo a imaginar su vida, sus sueños, sus desvelos, y es tal la pena que siento por lo que era, por lo que ha dejado de ser, por todo, que las lágrimas fluyen como agua por aliviadero».
Su muerte le llegó no muy mayor, remando como galeote por los cincuenta. Ocurrió durante la época de la peste que diezmó la ciudad. Pero no porque cayera contagiada, no, que ella era muy de evitar intercambios de fluidos y no salía de casa sin antes pasarse el colmillo de tiburón por todo el cuerpo. Los médicos dijeron que había fallecido por «deshidratación prematura sobrevenida», y es que esas semanas no bajaban de tres los sepelios a los que tenía que asistir cada día, y así, claro, se fue exprimiendo como uva pasa bajo rodillo de amasar. Las circunstancias de su defunción fueron aprovechadas por el sindicato para reclamar su inclusión en el listado de enfermedades profesionales, con las prestaciones y atenciones a que hubiera lugar y que de ello se derivaran.
En su entierro, sin embargo, no hubo lágrimas. A pesar de que era muy apreciada y querida y de que todas sus compañeras de la asociación profesional fueron informadas de su óbito y asistieron a su despedida muy dolidas, ninguna explotó en llantos. Y es que no habrían podido soportar la comparación.
(Relato seleccionado en el concurso bienal de El Ático (Israel)).

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