En algún lugar sonó un silbato seguido de una clamorosa ovación. El partido había empezado. Los aplausos se repitieron a cada pitido, independientemente de que fuera por un corner, un fuera de juego o un penalti, y ya favoreciera a uno o a otro equipo. Con los tres silbidos que daban fin a la contienda, un público enfervorecido saltó al terreno de juego a sacar en hombros al árbitro, como si fuera el ganador del campeonato.
Ocurrió en un modesto campo de fútbol en Somalia, y el colegiado, Omar Abdulkadir Artan, reconocido como el mejor del continente, había sido expulsado del Mundial por los delirios esquizoides de un malhadado presidente.
Mientras tanto, en lujosos estadios de México, Estados Unidos y Canadá, 89 «compañeros» insolidarios de arbitraje ejercían su cometido como si nada hubiera pasado. Cien mil dólares, gastos y bonos aparte, no permiten remilgos.
(Propuesta de El Mundial también se escribe. Máximo 250 palabras, empezando por: En algún lugar sonó un silbato).
