En un pueblo llamado Benichell ocurrió de repente. Y sólo pasaba allí. Quienes se encontraban en su término municipal perdían la capacidad auditiva en cuanto su interlocutor mentía. La recuperaban cuando lo que iban a escuchar era verídico.
Hasta los «buenos días» o las «buenas tardes» dejaron de oírse cuando el tiempo estaba desapacible.
También sucedía con muchas tertulias mediáticas que, entre lapsos de silencio y frases inacabadas, resultaban ininteligibles.
A dos semanas de las elecciones los candidatos decidieron llevar sus mítines de campaña fuera del pueblo. Y en sus panfletos, se aconsejaba no leerlos en Benichell en voz alta.
(Ralato seleccionado como Segundo Finalista en el III Concurso Realidad Ilusoria, del blog de Miguel Ángel Van Page).














